Confío fielmente en que todos somos lo que somos por alguna razón, y esta es tácita; no significa que deje de ser válida, sino todo lo contrario. Nacemos, crecemos y nos desarrollamos generalmente en función de un modelo o imagen a seguir. Me refiero específicamente a las sociedades modernas, que se caracterizan por promover la diversidad, pero a su vez rechazarla.
Somos conscientes de que nuestras decisiones, al menos a partir de la adolescencia, van teniendo su tinte independiente frente a lo que sentimos, pensamos, decimos, elegimos o hacemos. Pero, ¿Son genuinas aquellas ideas y acciones humanas, ya sean sociales o no, que surgen de nuestro ser? ¿Nuestra libertad comienza a ser absoluta en el modo de vivir y relacionarnos? ¿O es sólo una vaga ilusión de lo que creemos que somos capaces, cuando probablemente estemos inevitable y absurdamente condicionados por los conceptos que los demás formulen sobre nosotros?
Es triste admitir que las sociedades se han cargado cada vez más de no sólo erróneos, innecesarios, deshumanizantes, destructivos, sino también potencialmente disgregadores de la comunidad social. Expuesta esta realidad, me sigo cuestionando si habrá algún retorno o cambio positivo en la forma que todos tenemos de pensar. Empleamos nuestra libertad al hablar de quienes no conocemos o de lo que desconocemos, pero esta deja de ser precisa, justa, verdadera al crear prejuicios de lo ajeno.
Entonces, ¿algún día se entenderá la diversidad como progreso de la humanidad o tan sólo será una forma de separar todo tipo de relación y lazo existente entre las personas?