28 de agosto de 2013
Quietud
Sin descalzarse, dejó caer su cuerpo entero sobre el colchón, con delicadeza y resignación. Su cabeza se posaba sobre su propio brazo izquierdo. Se dedicaba estrictamente a observar el inmóvil muro blanco que separaba, en el segundo piso, el pasillo, de su habitación. Desconocía la razón por la cual ella permanecía de tal forma, no había obligaciones todavía en aquella media tarde. Probablemente tenía diversidad de tareas por cumplir, parecía mejor evadirlas y olvidar las responsabilidades. Aún no era tiempo para nada, conservaba minutos para meditar en silencio, sin otros agobiándole. Bastaba con el silencio abrazador del cielo, que tornaba su tinte celeste al anaranjado de cada atardecer. Los perros, aves y el tren decidieron no hablar. Ni el viento atravesaba las ventanas, ni una sola brisa. Las maderas de la casa no rechinaban, tampoco las cañerías daban presencia, tan sólo había quietud, y ella sentía desvanecerse en sí misma.