Otro día de sueño sofocaba mi escasa capacidad de comprensión frente a la clase de Matemática. Habíamos iniciado la segunda unidad del año en la materia, donde tanto mis compañeros como yo, nos mirábamos mordiéndonos el labio inferior como signo de frustración.
Mi estado anímico tampoco colaboraba mucho a convivir con aquella estresante situación. Me limitaba a escribir algo literario que surgiera espontáneamente, y de vez en cuando volteaba mi cabeza para verificar que todo el curso siguiera haciendo lo mismo que cada día. Parecía que hablar era su hobbie, aún siendo las ocho y treinta y cinco de la mañana.
En cambio, yo, emprendía un viaje de palabras reflejadas en una pálida hoja de carpeta. Claramente había echado a un lado el papel cuadriculado lleno de nuevas fórmulas, íntegramente incomprensibles para mi persona.
Los muchachos, en su mayoría situados en la parte trasera central del aula, reían con humor y ganas, luego de una seguidilla interminable de chistes o comentarios jocosos. Mi banco estaba ubicado contra la pared izquierda, llena de ventanas al pasillo. Nuestra aula se hacía llamar ''La pecera''. Del lado opuesto, por la derecha, intercambiaban noticias del día y un par de bromas un grupo de chicas.
Hoy se ausentó Adima Hatson, mi compañera de banco, y creo que eso dificulta más este rutinario y cansador plano. Quisiera transladarme telepáticamente a mi casa, tener un segundo desayuno no apresurado y recostarme en mi viejo colchón.
La clase terminó. Es decir, el muy amable, experimentado y comprensivo profesor declaró que no copiaría más fórmulas matemáticas al verde pizarrón. Mis compañeros se pararon y movieron de lugar para seguir intercambiando comentarios hasta que se acerque el esperado recreo, o formalmente llamado, 'diez minutos de dispersión'.
Un amigo del fondo de mi fila, Andrew, se ubicó en la anterior vacía silla de mi copiloto de escuela. Me miró sospechosamente con una sonrisita pícara y me cuestionó sobre qué hacía yo (refiriéndose al lápiz sostenido por mi mano junto a una hoja, y lo más ilógico, en tiempo libre) A lo que contesté: ''Escribo''. Él hizo un gesto de extrañamiento por mi respuesta pero a ello, agregó en palabras: ''Bueno, no te corto la inspiración''
Creo que la supuesta inspiración se cortó sola, había ya ocupado dos carillas enteras cuando casi sonaba la campana para deshabitar el aula.